El cuento del pueblo de los muelles

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No al cierre de Elcogas
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Erase una vez un pueblo en el que todos sus habitantes llevaban muelles en los pies.

Cada mañana se levantaban y se ponían los muelles para ir a trabajar, al colegio, a la peluquería, al mercado, a la plaza…

Esos muelles les permitían ir a muchos sitios de forma muy ágil.

Sus habitantes, saltando, llevaban a los pequeños al cole ¡poin!, ¡poin!, ¡poin!; llegaban a la fábrica siempre a su hora ¡poin!,  ¡poin!,  ¡poin!; iban a comprar a la carnicería o a la frutería ¡poin!, ¡poin!, ¡poin!; los carteros repartían el correo ¡poin!, ¡poin!, ¡poin!; y los policías locales dirigían el tráfico saltando ¡poin!, ¡poin!, ¡poin!.

Y así trascurrían sus días felices, siempre con sus muelles bien sujetos.

Un día al Señor Legislador, que era muy cabezota y pensaba que tenía el poder y mandaba en todos los sitios, le contaron cómo se vivía en ese pueblo y no entendia nada. A él no le gustaban los muelles, ni que la gente fuera ¡poin!,  ¡poin!,  ¡poin! todo el día arriba y abajo.

Decidió escribir una ley mamdamdp a todos los habitantes de ese pueblo  que se quitaran los muelles y que jamás volvieran a usarlos.

Al legislador que era un gruñón, nadie le había enseñado a saltar y a comprender a los demás, por lo que no entendía qué necesidad tenía ese pueblo de usar muelles, además, tenía la cabeza contaminada por la atmosfera de las grandes ciudades donde pasaba sus horas de atasco en atasco y llegando tarde a los sitios.

Los habitantes del pueblo cuando conocieron la noticia se entristecieron y no entendíeron nada. Se miraban unos a otros y ante tal injustica se preguntaban:

‘¿Por qué tengo que quitarme mis muelles… para ir al cole, o a la carnicería, o a entregar el correo, o a dirigir el tráfico?’
‘¿Por qué no puedo ir todo el día saltando y saltando ¡poin!, ¡poin!, ¡poin!?’
‘¿Qué hacemos?’

Cuenta la leyenda que el 10 de julio del 2014, todos los hombres,  mujeres y niños de ese pueblo se fueron a la plaza, donde se pusieron sus muelles y comenzaron a saltar todos juntos ¡poin! ¡poin!  ¡poin! ¡poin! ¡poin! ¡poin! ¡poin! ¡Poin!  ¡Poin!   ¡Poin!   ¡Poin!  ¡Poin!   ¡POIN! ¡POIN! ¡POIN!.

De repente, el suelo empezó a vibrar, cada vez más fuerte. Los saltos se transformaron en una onda gigante, un terremoto que llegó a la gran ciudad y al mismisimo despacho del Señor Legislador,  abriendose las ventanas y volando los papeles que éste estaba apunto de firmar para hacer la Ley que prohibía de por vida el uso de muelles.

De esta forma, el Señor Legislador no pudo firmar la orden , además durante el terremoto pasó tanto miedo que nunca más pensó en hacer leyes injustas para perjudicar tan gravemente a uno de sus pueblos.

Los habitantes de ese pueblo celebraron durante años ese día. Lo llamaron ‘El día del legislador’ e incluso pusieron su nombre a una de las calles más preciosas del pueblo.

Y así disfrutaron y fueron felices, pero sobre todo siguieron saltando para ir al cole ¡poin!, ¡poin!, ¡poin!, al mercado ¡poin!, ¡poin!, ¡poin! y a la plaza ¡poin!, ¡poin!, ¡poin!.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

 

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